The Last Jedi: Rian Johnson nos enseña a madurar

La nueva entrega de la saga intergaláctica “Star Wars: The Last Jedi” (en adelante TLJ) es una película compleja, apasionante y diferente. Ante todo, es una película atrevida que es y no es un “Star Wars clásico”. Podríamos hablar, como siempre, de los fantásticos efectos especiales, la cautivante música de John Williams o la sugerente fotografía de Steve Yedlin. Pero lo que diferenciará esta película de otras de la saga (y del panorama actual de blockbusters) son los temas que pone sobre la mesa.

A continuación, obviamente, spoilers.

TLJ es una película que habla sobre la religión y las falsas deidades. Al fin y al cabo, los “Jedi” siempre han sido vistos (dentro y fuera del universo de la saga) como una religión, más precisamente, como hechiceros. Los Jedis eran los salvadores de la saga (Mace Windu incluso calificó a su grupo como “Keepers of the peace). Mucha agua ha corrido debajo del puente hasta que en TLJ, Luke Skywalker (Mark Hamill), el “último Jedi” en teoría, señala que es una acto de “vanidad” que los Jedi hayan pretendido ser los salvadores de la Galaxia. Como dice Kylo Ren (Adam Driver) en la película: “Deja el pasado morir, mátalo si es necesario”.

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Justamente la desmitificación del “Jedi” es lo que busca inculcar Luke en Rey (Daisy Ridley), y el director Rian Johnson (guionista y director de la película) en todos nosotros: las cosas no son como tú te las esperas (frase que incluso menciona Luke a mitad de la película). El viejo Skywalker menciona que los Jedis no son salvadores de nada, sino que la Fuerza y el balance de la misma es lo que debe imperar. Ese es un mensaje que es mencionado incluso por otro personaje que, en teoría, está en las antípodas de Luke: el Líder Supremo Snoke (Andy Serkins), quien le menciona a su aprendiz Kylo Ren la frase “si existe oscuridad poderosa dentro de ti, también existirá luz poderosa dentro de ti”.

No por nada TLJ elimina todo rastro de estos “hechiceros/sacerdotisos supremos”: tanto Snoke como Luke mueren en este capítulo, demostrando que sus poderes y creencias van más allá de sus seres, y sus sobras se alargan en sus seguidores (Kylo y Rey). Por ello otro de los grandes temas de TLJ es que la clave (esperanza) de la lucha radica no en personalidades o líderes supremos, sino en la causa. Luke Skywalker, otrora granjero convertido en héroe y salvador de la galaxia, ahora quiere que los Jedis desaparezcan e incluso reniega de la “leyenda” que se construyó alrededor de él. Luke reniega porque sabe que falló de manera estrepitosa. Esta idea del sacrificio por la causa está representada expresamente en el sacrificio de la Vicealmirante Holdo (Laura Dern) para facilitar el escape de la Resistencia.

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Ese aprendizaje es también el arco de uno de los personajes más interesantes de la saga: el avezado piloto Poe Dameron (Oscar Isaac), quien pasa de ser un atrevido pistolero que instaura motines a bordo a ser un reflexivo líder que pasará a comandar lo que queda de la Resistencia. Dameron aprende esto de primera mano, al ser reprendido y guiado por la Generala Leia Organa (Carrie Fisher), quien en esta actuación póstuma, tiene el balance de humor seco y maestría para dejar su legado en la resistencia y a la saga en general. No por nada una de sus últimas líneas en TLJ (y en la saga) son “¿Qué me miran? Síganlo a él”, haciendo referencia a Dameron, el nuevo líder. Más allá del tributo final en los créditos, o la hermosa escena que comparte con Mark Hamill, esta es una despedida formidable y narrativamente preciosa para Carrie Fisher. Te extrañamos, princesa y guerrera.

Y es que Leia hace de maestra y guía en TLJ porque otro de los grandes temas de la película es el del aprendizaje. Luke ya no quiere ser maestro porque sabe que le falló a Kylo (por más que sus sospechas estuvieran fundadas), Snoke es un pésimo guía incluso como maestro del lado oscuro, pero todo se resume en una de las escenas más fascinante y profundas de la película: la reaparición del maestro Yoda (Frank Oz). Yoda regresa en forma de “fantasma de la fuerza” para darle una última lección al aún impulsivo Luke (todos, en el fondo, seguimos siendo ese chico granjero con grandes sueños). Antes que el maestro Skywalker queme el templo y los libros Jedi, e incluso cuando aparece que duda en el último instante, el viejo maestro verde de orejas grandes saca una última lección: a un alumno (Rey, en el caos de Luke) no solo hay que transmitirle lo bueno, sino también lo malo, el fracaso. Porque aprendemos de todo, no solo de lo bueno.

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Donde estos temas de la religión, los falsos dioses y salvadores, el desprendimiento y la enseñanza se cruzan es en el “clímax” de la película, en la que una proyección de Luke Skywalker (que le costará la vida) se aparece frente a todo el ejército de la Primera Orden para así posibilitar el escape de lo que queda de la Resistencia. Ante lo estéril que resultan los cañones y armas de los nuevos nazis espaciales (vamos, sobreactuaciones de Domhall Gleason y sus secuaces son tan deliciosas como intencionales), Kylo baja y confronta a su viejo maestro. Y en uno de los mejores intercambios de la película, Kylo le pregunta/recrimina a Luke si ha venido a reprenderlo y hablarle de moral, a lo que el viejo maestro Skywalker le responde algo que anteriormente le había dicho a Rey: “Es gracioso porque nada de lo que me acabas de decir es cierto”. Luke no volvió a juzgar o a “salvar el día”, ha venido a hacer algo más heroico. Luke Skywalker volvió para sacrificarse y así permitir que la Resistencia huya para luchar otro día (sí, esta película es tan soap opera como película religiosa, pero en el buen sentido).

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De esta forma, y como viejos profesores que esperan lo mejor de nosotros, Hamill y Fisher le dejan la antorcha a Rey, Poe Dameron y otros héroes como Finn (John Boyega) y Rose (Kelly Marie Tran). Estos dos últimos tienen tal vez la parte que podríamos criticar de la película, ya que se siente que Johnson quería meter varias cosas pero tal vez no las articula de la mejor forma. Con Finn, Rose y BB-8 pasamos del motín a bordo a la “heist movie” en el Casino del 1% de la galaxia, a la película ecológica en el escape de ese suerte de hipódromo espacial hasta nuevamente la “heist movie” en una nave de la Primera Orden, acompañadas del vividor DJ (Benicio del Toro). A esta unión de estas aventuras se le ven los hilos y tal vez Johnson debió haber dado una tercera repasada a dichas tramas. Igual, esta parte de la película se agradece por brindarnos a Rose, quien es un gran personaje femenino empoderado en el universo de “Star Wars”. Prefiero mil veces la decisión y fortaleza de Rose a ver otra face off de Finn y la Capitana Phasma.

La antorcha a los nuevos héroes está mejor representada en los dos personajes principales de la nueva trilogía: Rey y Kylo Ren/Ben Solo. La Rey de Daisy Ridley sigue mezclando la fragilidad con la determinación, haciéndose dueñas de fantásticas escenas como la de la entrada al hoyo oscuro de la isla y la confrontación a una suerte de palacio de espejos (es lo más cercano a una secuencia de Star Wars dirigida por David Lynch u Orson Welles). Pero ahora Ridley le añade a Rey una furia contenida que se expresa en escenas como aquella en la que confronta y desarma al mismísimo Luke. Pero el mejor personaje de la nueva trilogía es Kylo, que ya no usa casco e incluso es llamado “Ben Solo” más de una vez. Adam Driver le otorga densidad a ese niño lleno de rabietas e inseguridades. Kylo sabe que dentro de él tiene oscuridad y luz, sabe que pudo matar a su padre pero no pudo matar a su madre, sabe que él tienta a Rey tanto como ella lo tienta a él. Esas escenas en que ambos personajes comparten escenario y conversan a pesar de la distancia es un nuevo mecanismo en la saga de “Star Wars” que Johnson ha propuesto y que resalta que la relación Rey-Kylo es la piedra angular de estas nuevas tres películas. Y vamos, su enfrentamiento conjunto contra los guardias pretorianos con ese fondo rojo y en slow motion es alucinante.

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Justamente por esto último son necesarias unas palabras para Rian Johnson, director de “Brick”, “Looper” y algunos episodios de “Breaking Bad” (51, Ozymandias…y el maravilloso capítulo de la mosca “Fly”). En una época de blockbusters plagados por la falta de inspiración y el piloto automático (lo cual nos hace dudar más que celebrar ante la reciente compra de Fox por parte de Disney), Johnson decide arriesgarse y mezclar fábulas de sables de luz con reflexiones sobre el aprendizaje y la mitificación; pero Johnson es hábil y hace todo eso dentro del “sistema”, ya que no solo ha conseguido el favor de Kathleen Kennedy (mandamás del universo Star Wars que no tuvo mucha piedad con Christopher Miller y Phil Lord y los reemplazó por el artesano Ron Howard en la película spinoff de Han Solo), sino que ha cautivado a críticos. Sumado a eso la grandeza de dirección técnica de Johnson que nos ha entregado muchos de los planos más bellos de la saga (lo del mundo mineral salino es imaginativo y esplendoroso, y a la vez es un digno guiño a “Empire Strikes Back”).

Hacer eso es una labor mastodóntica y se agradece, pero se agradece además que Johnson nos haga madurar y reflexionar, sopesando la aventura especial y la excitación galáctica con el reconocimiento de lo que aprendemos y nos falta aprender, así como reevaluar nuestras creencias y nuestro excesivo amor a los ídolos falsos. Porque si algo ya no funciona (¿o nunca funcionó?), así sean los “Jedis”, debe desaparecer. Gracias Rian Johnson por aproximar la hora en que los blockbusters sin sentido desaparezcan.

Gracias por darnos un nueva (y más adulta) “Star Wars”.