“Roma”: la imperfección de lo perfecto

La película del momento (y de esta temporada de premios) es “Roma” del realizador mejicano Alfonso Cuarón. Mientras que la vasta mayoría de críticos y público en general le ha otorgado cinco estrellas, creemos que “Roma” es una película que roza la perfección, pero no la alcanza, y no por pocos sino por varios centímetros.

Empezando con lo mejor, evidentemente “Roma” es una película preciosa. Pocas veces resulta tan impactante (y evidente) el poder de la fotografía en el cine. Cada una de las tomas de esta película podría enmarcarse y exhibirse en un museo. Ayudado por una iluminación absorbente, Cuarón demuestra que coloca y mueve la cámara como nadie, ya sea con simples paneos o con sus ya característicos tracking shots. Difícil resulta quedarse solo con una escena o una secuencia de “Roma”, pero hay de todo para escoger: desde la preciosidad intimista del post encuentro sexual entre Cleo y Fermín hasta la exasperación de la represión de los Halcones a la protesta estudiantil de 1971.

Pero el poderío de “Roma” radica en una doble columna vertebral; mientras que por un lado destacamos el virtuosismo de Cuarón con la cámara, en el otro lado está la fantástica actuación de Yalitza Aparicio como Cleo, la protagonista de la película. De orígenes Mixtecos, la actriz proveniente de Oaxaca no es una actriz profesional, y consiguió el papel luego de un exhaustivo casting. Cuarón quería contar la historia de su infancia y la relación especial que tenía con Libo (la “Cleo” de la vida real) y por ello casteó a una actriz amateur. La elección no pudo ser mejor, ya que recorremos junto con Cleo todos los sucesos que marcaron la vida de Cuarón durante 1970 y 1971. Yalitza Aparicio entrega naturalidad y amplitud para recibir todo tipo de eventos y emociones: sea desde la sonrisa nerviosa por la actitud “particular” de su nuevo novio hasta el dolor desgarrador de un parto que va mal. Cleo es como una bola de energía que va absorbiendo poco a poco hasta su quiebre final. Ojalá Yalitza reciba el reconocimiento de la Academia y otros premios.

Habiendo dicho esto, que quedaba más o menos obvio para toda la crítica y el público, donde realmente cojea “Roma” (y que le impide ser una película redonda) es en el guion. Es la primera vez que Alfonso Cuarón asume en solitario la labor de elaboración del guion de sus películas, habiendo colaborado antes con su hermano Carlos o con su hijo Jonás. El guion de “Roma” es simple: una serie de acontecimientos que le suceden a su protagonista y que sirven como alegoría para una sociedad que empieza a perderse conforme se va modernizando. A Cleo, nuestra protagonista, la vemos sufrir varias cosas, ninguna de ellas fuera de lo común y dentro de lo “predecible”. Incluso podría argumentarse que Cleo es un personaje que se sostiene más por la capacidad intuitiva de Yalitza Aparicio que por la consecución de un verdadero arco narrativo.

El lente de Cuarón observa desde muy lejos a Cleo, permitiéndole solo brochazos en los que ella puede mostrar su real humanidad (que son aquellos momentos donde ella se derrumba emocionalmente producto de su embarazo y, posteriormente, del frustrado parto). Es más, conforme pasan los días, resuenan más en nosotros las críticas que acusan a Cuarón de tener una visión un tanto “clasista”: al fin y al cabo, se trata de la perspectiva sobre el cuerpo de servicio doméstico que tiene el “niño” de la casa, el académico/cineasta que vive en el extranjero. No creemos que “Roma” sea abiertamente condescendiente y hasta manipuladora (saludos, “Slumdog Millionaire”), pero sí ronda peligrosamente con la romantización del trabajo doméstico. Para muestra de ello (y de “Roma” en sí como película) la escena de la playa: fantásticamente rodada, pero su resolución resguarda una ilusión que se sostiene como un castillo de arena: la criada que es “parte de la familia” y que le es suficiente su familia “de trabajo” para aplacar la tristeza de no tener una familia “propia”.

Podemos destacar las otras grandes virtudes de “Roma” (como la notable ambientación o la desapercibida pero genial actuación de Marina de Tavira como la señora Sofía) o precisar alguno que otro momento en que Cuarón intentó jugar a ser Fellini y no pudo (el canto del americano disfrazado mientras observa el incendio forestal), pero lo que realidad preferimos es admirar una gran película y al mismo tiempo reconocer que tiene dos agujeros importantes que impiden encumbrarla al altar cinematográfico del 2018. “Roma” es buena, muy buena, pero no le alcanza para ser esa obra de arte conmovedora y perfecta que la muy bien pensada estrategia publicitaria de Netflix quiere hacernos creer.

 

Yalitza Aparicio, espléndida como el alma, corazón y vida de “Roma”.