La mula: dos más para el camino, tata Clint

Siempre es difícil despedirse de alguien querido. Las grandes estrellas de cine, esas que se envejecen ante nuestros ojos sin perder su brillo, son lo más cercano que tenemos a un pariente lejano. La magia del cine radica en que poco a poco podemos ver cómo estas viejas glorias van abriendo su camino para el recorrido final (con suerte, ya que también tenemos los casos de las pérdidas trágicas). Creíamos que en la mítica “Gran Torino”, el buen Clint Eastwood comenzaba a despedirse, pero no. Es “La Mula” la película que el buen Clint ha escogido para empezar a labrar el adiós.

En “La Mula”, Clint Eastwood hace algo a lo que solo los grandes genios se atreven: a deconstruir su mito sin necesidad de destruirlo. No por gusto a Earl (el personaje de Eastwood) se le llama “Jimmy Stewart”. Stewart fue uno de los grandes del cine norteamericano clásico, dando brincos entre la imagen del papá de América (testigo que ahora ha tomado Tom Hanks) que construyó junto con Frank Capra y una versión más oscura de dicho personaje de la mano de Alfred Hitchcock o Anthony Mann. Eastwood escoge a la figura de Stewart porque en “La Mula” también juega con esta dualidad: la del actor de rostro duro que fue “El Hombre sin Nombre” y “Harry Callahan”, pero también la del hombre que ya no es tan duro, ya no es tan rígido, y más bien se presenta frágil y cansado por el tiempo. La del hombre al que le dicen “tata”.

Porque “La Mula” es una película serena sobre la última gran astucia de un hombre que llega al ocaso de su vida. Es la premisa de la película peor también puede aplicarse a la misma vida del casi nonagenario actor-director estadounidense. A estas alturas, no es sorpresa que Eastwood tenga una mano maestra para que sus películas fluyan y nunca aburran, a pesar de su tranquilo ritmo. Pero, además, la genialidad del viejo Clint se puede notar en esa agilidad casi adolescente con la que salta entre géneros y subgéneros cinematográficos: del “road movie” pasa al thriller de narcos, del drama familiar pasa al cine policial, y así.

Esta película fluye como un río cuesta abajo, pero no sería nada sin sus actores, todos correctos, como en cualquier película de Eastwood, uno de los más grandes directores de actores de la actualidad. Como absoluto protagonista, Clint brilla como ese actor seguro de sus talentos y de sus encantos, en uno de sus papeles más complejos. Sincerándonos, Clint nunca fue un gran actor, al estilo de Brando o De Niro, siendo más presencia que otra cosa. Pero en sus años mayores, Clint ha encontrado el equilibrio entre el rostro vetusto y la rudeza que uno se rehúsa a dejar ir. De allí que nos conmueva tanto en “Million Dolar Baby”, la mencionada “Gran Torino” y ahora en “La Mula. Destacan también una recuperada Dianne Wiest (una de las grandes actrices secundarias de los ochentas y noventas) y un Bradley Cooper que termina de heredar el legado de su maestro Clint.

Un último punto es el de las críticas contra el film por considerarlo excesivo en sus referencias racistas como en su tratamiento superficial de ciertos personajes femeninos, en especial de aquellas que establecen una relación física con Earl (en esta película, Clint Eastwood tiene hasta dos tríos). Son críticas justas, pues estamos en una etapa cinematográficas donde ya podemos haber superado estos recursos más propios del cine del siglo XX. Aunque hay un factor clave en este apartado, y es que Eastwood utiliza el humor para ridiculizar a su personaje en los momentos de tensión racista y sexual. Una interpretación posible es que Eastwood sabe de la ridiculez de estos tópicos, tanto del avinagrado racismo como del contenido sexual más ramplón, por lo que ridiculiza ambos tópicos mediante bromas o gags. Esto bajo la luz que Eastwood, maestría cinematográfica de lado, es un republicano recalcitrante. Recordando la clásica frase de “Some like it hot”: “Nobody is perfect”.

A pesar de ello, “La Mula no deja de ser una clase maestra de pulso narrativo, logrando que estemos al borde de nuestros asientos viendo como un anciano de casi noventa años cruza Estados Unidos en una camioneta negra escuchando a Dean Martin. Así podremos recordar a Clint Eastwood, o con su poncho y sombrero en el viejo oeste, o con el pelo más largo y a traje y corbata con una Magnum 44. Existen muchas formas de recordarlo, pero lo que sí es garantía es que no importa cuando decida emprenderlo, el maestro Eastwood recorrerá a paso firme y fluido ese viaje final.

Clint Eastwood: mano maestra para narrar y emocionar.