Green Book: esos maravillosos años noventas

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El cine ha evolucionado mucho. Y no solo nos referimos a los grandes efectos especiales o la mayor diversidad que vemos delante y detrás de las cámaras, sino que también vemos cómo las formas de contar historias han cambiado. Por ello cada cuanto que sale una película que parece “de otra época” nos centramos en comentarla y reflexionar sobre lo bueno y lo malo que un tipo de cine de determinada década dejaba. Esto pasa con “Green Book” una película que fácilmente pudo estrenarse en aquella bendita década noventera entre “Señora Doubtfire”, “Tornado” y “La Máscara”.

La mayor virtud de los noventas era esa sensación de construcción de una historia a partir de la relación entre dos o más personajes. Evidentemente el cine siempre se ha basado en las relaciones “humanas” (o robots y/o marcianos que eran humanizados”), pero en los noventas se aumentó un litro más de sensiblería y medio kilo más de azúcar. Era una época en que los estadounidenses dejaban atrás la opacidad de la guerra fría y la rigidez de la época de Reagan (Presidente y curiosamente actor de películas de vaqueros) para atornillarse en un estilo marcado por la armonía familia, amical o romántica. No por nada es tal vez la última década con un exceso meloso de comedias románticas y familiares. “Green Book” recupera ese espíritu: la de dos personajes dispares que al final de la película aprenden uno del otro y crecen. Esa simplicidad en su relato hace que conecte con la mayor cantidad del público, y por eso no debería ser sorpresa que esté nominada al Oscar e incluso muchos la consideren como la rival de “Roma” en la ceremonia del próximo 24 de febrero.

Estas relaciones sobre las que se construyen las películas azucaradas, también llamadas “feel good” (porque te hacen sentir bien), se basan en la química entre sus actores. Este es tal vez el punto más fuerte de “Green Book”. Tanto Viggo Mortensen como Mahershala Ali están espectaculares como Tony “Lip” y el Doctor Shirley. Mortensen sorprende una vez más, con uno de sus ya clásicos personajes de tipo duro que guarda un universo dentro de él. Su Tony es un agente de seguridad chapado a la antigua, pero a partir de su misión de conducir al Doctor Shirley (un músico gay afroamericano) por todo el Sur racista de Estados Unidos, aprende una gran lección sobre la desigualdad y la discriminación racial y sexual.

Pero la estrella del show es Mahershala Ali. El ganador de un Oscar a Mejor Actor de Reparto por “Moonlight” se adueña de cada escena en la que sale con ese magnetismo tan propio de él y que la televisión suele desaprovechar (entre su reducido rol en “House of Cards” y su papel de hombre triste en “True Detective”). Ali es talento puro e irradia un aura de estrella absoluta, por lo que resulta una pena que el personaje del Doctor Shirley se sienta un poquito secundario con respecto al personaje de Tony “Lip”. Por algo en estos Premios de la Academia, Mortensen va como “Mejor Actor”, mientras que Ali va como “Mejor Actor de Reparto”.

Justamente esa sensación un poco rancia del “White Savior” (léase, hombre blanco que le enseña una lección moral al hombre negro) que logra que el académico y músico afroamericano se reconcilie con sus “raíces” (vamos, que la escena de comer el pollo envejece peor cada minuto que pasa) es una de las estelas del cine noventero que felizmente estábamos dejando atrás. Hay una condescendencia con el personaje del doctor Shirley que creemos es falla directa de Peter Farrelly, director de cine cuyas películas no se destacan precisamente por su sutileza o por su ambigüedad moral (Desde “Tonto y más tonto” hasta “Loco por Mary”, sus películas son más estruendos monocordes que desarrollos complejos de personajes).  Esa cualidad noventera que tan bien sirvió para entretener y conmover al espectador por casi dos horas es también la trampa que presenta esta película, que se queda un poco en el trazo artificial de una situación que tal vez requería un poco más de tridimensionalidad. En todo caso, “Green Book” sería una extraordinaria película en los noventas, pero ahora, en pleno 2019, damos las gracias de poder ver las costuras y los trazos con brocha gorda de esta cinta.

La química entre Viggo Mortensen y Mahershala Ali es el pilar principal de la película.